Es irresponsable no
discutir en campaña la llegada de seis presos de Guantánamo
Uruguay tiene una ventaja
fundamental para atraer inversores o simplemente inmigrantes en este
insondablemente cruel siglo XXI. No existe en Uruguay desde hace años el
asesinato político ni el secuestro por razones religioso-políticas. Es algo
ajeno a nuestra cultura cualquier tipo de discriminación de índole religiosa. Y
en particular, la incidencia del islam en nuestra cultura es notablemente baja.
Nadie en su sano juicio piensa en Uruguay que por tomarse una cerveza o comerse
un chorizo a la parrilla terminará cocinado en los fuegos del infierno. No
existe afortunadamente el concepto de yihad o guerra santa entre nosotros.
Hay musulmanes viviendo
en Uruguay que hasta el momento se han comportado de forma completamente
civilizada y respetuosa. Se toman la religión como algo privado y el concepto
de yihad que tienen, no sabemos exactamente cuál es, pero no interfiere con la
vida del resto de los uruguayos.
Pero el concepto de yihad
como idea global debe conocerse porque tiene interpretaciones variadas y
algunas de ellas ciertamente muy peligrosas. Y porque hay seis presos de
Guantánamo, presumiblemente yihadistas, que podrían venir a Uruguay. La
emergencia del califato islámico en Siria e Irak, también aunque menos
divulgado en Libia, la fortaleza creciente de los talibanes en Afganistán, la
persistencia de Al Qaeda, la radicalización del conflicto en Gaza, ponen al
yihadismo como concepto en un centro que no se puede eludir.
El país se apresta a
recibir a refugiados sirios y eso está bien. Uruguay tiene una noble historia
como receptor de perseguidos por conflictos lejanos que debe mantener. El
humanismo, la bondad, la solidaridad deben ser siempre parte de nuestros
valores sociales. Que vengan las víctimas del yihadismo o del dictador Al
Assad, niños con sus madres desplazados por el horror de la guerra civil es un
acto de nobleza.
En tanto esa gente sea
simplemente ciudadanía no militante, víctima de los furores de la guerra y
venga sin la menor pretensión de propagandear ideología alguna en Uruguay, debe
ser bienvenida.
La interpretación del
concepto de yihad puede ir desde algo flexible y casi abstracto referido al
mejoramiento de la comunidad musulmana, al de guerra santa para imponer una
visión del islam como obligación para todos los habitantes del planeta.
El yihadismo agresivo y
militar viene creciendo vertiginosamente como problema global desde hace 20
años. Tres sucesos dieron impulso acelerado a una corriente que hasta ese
entonces era muy minoritaria. El fracaso de los acuerdos de Oslo –entre otras
cosas por los atentados yihadistas a ómnibus de civiles en Israel– que podrían
haber dado un país a los palestinos y generar una paz a cambio de territorios
cedidos por Israel, dejó en muchos musulmanes la convicción de que las
negociaciones de paz eran inútiles. Por otra parte, el colapso de la ocupación
soviética de Afganistán mostraba que, en cambio, la guerra fanáticamente
impulsada por la religión daba resultado en la batalla contra los “infieles”. Por
supuesto que hay antecedentes previos como el acceso al gobierno de una
teocracia en Irán.
El impulso generado por
el ocaso de la OLP de Yasser Arafat como líder de la causa palestina y el
ascenso de los sectores ultrarreligiosos y el afianzamiento en el gobierno de
los talibanes se vio redoblado por el atentado contra las torres gemelas que
mostró cómo una guerrilla mística de kamikazes podía golpear en el corazón del
mundo “infiel”.
Desde 2001 hasta ahora,
el nuevo hito del yihadismo es la formación de un grupo más radical que Al
Qaeda con un poder militar inédito y que a través de una guerra relámpago ha
conquistado un territorio extenso donde aplica el terrorismo más absoluto.
Es una ideología que
desearía vernos a todos muertos o convertidos a su estricta visión, de una
sociedad en la que beber un Merlot o comer un chorizo es un sacrilegio
imperdonable.
La decisión de dejar
entrar y radicarse en Uruguay a yihadistas que vienen directo de la prisión de
Guantánamo pende sobre nosotros sin que aparentemente nadie esté dispuesto a
discutirla. Es cierto, están allí sin las debidas garantías del proceso. Pero,
¿estamos en condiciones de asegurar que son ciudadanos inocentes que terminaron
en Guantánamo víctimas de una confusión? Especialmente, ¿podemos asegurar que
llegados aquí no buscarán reclutar a uruguayos para su causa? ¿Qué les
impediría ir rumbo al Chuy o a Rivera y buscar encender las pasiones de jóvenes
de esas ciudades? ¿Es conveniente recibirlos? ¿No es paradojal que mientras los
yihadistas degüellan a un inocente periodista estadounidense, EEUU nos quiera
mandar yihadistas para aquí?
Supongamos que desde un
país árabe llega una inversión de US$ 100 millones para construir una gran
mezquita. No habría argumentos para decir que no. Imaginemos que deciden poner
una escuela islámica. Tampoco habría argumentos para negarnos. ¿Podríamos
terminar teniendo madrasas como las paquistaníes donde se formen pequeños
yihadistas? Puede parecer de ciencia ficción. Como parece increíble tanto de lo
que llega de Medio Oriente. Mujeres y hombres apedreados por adúlteros o
crucificados. ¿Estamos tomando todas las precauciones para seguir tranquilos de
que el islamismo radical no se interese por Uruguay? ¿O debemos repasar la
historia de Troya para recordar los riesgos de aceptar regalos que no se han
pedido?
A la luz de las terribles
noticias del último mes, ¿qué piensan Tabaré Vázquez, Luis Lacalle Pou, Pedro
Bordaberry y Pablo Mieres sobre estos seis yihadistas que están en camino?
¿Conocen sus currículum? ¿Hay consenso en cuanto a que si Obama nos lo pide,
debemos recibirlos?
Pueden tenerse muchas
opiniones al respecto. Lo que parece irresponsabe es no discutirlo como
ciudadanos en una campaña electoral. Por ahora ostentamos como oportunidad el
tener una convivencia libre de sectarismos religiosos. No tener yihadismo es
por ahora una gran ventaja que tiene Uruguay en un mundo sacudido por una
guerra cada vez más global. Antes de arriesgar ese capital en estos tiempos,
deberíamos pensarlo muy bien. Pero nadie habla de eso y el asunto parece
encaminado a resolverse por la vía de los hechos consumados. Tal vez deberíamos
decirle a Obama que disculpe, pero que esa gente que ha participado de
movimientos y actividades tan crueles, nos genera un comprensible temor y que
nos parece muy bien que salgan de Guantánamo, pero que se encaminen a otros
destinos. Lo que en agronomía se llama aplicar el principio precautorio.
¿Yihadistas en Uruguay?
26/Ago/2014
El Observador, Eduardo Blasina